8.8.11

Julio de 2011

En Mazunte, caminando de noche, los animales se ven más feroces, aunque en vez de animales sean un pedazo de tronco o un montón de arena mojada. Al acostarme, las primeras noches que no pude dormir, los sonidos de la vecindad natural se me acomodaban armónica y melódicamente en la cabeza, no para arrullarme, sólo para hacerme notar que todo estaba ahí, donde yo acababa de llegar.

Cinco años después, que probablemente fueran 3 o 4 días, leía en una hamaca en la terraza de casa, (desde el primer día la llame casa), cuando dos iguanas, tan feas como la idea que cualquier persona que hubiera conocido antes de Mazunte podría hacerse de mi vida allí, aparecieron desde uno de los cuartos sin techo, atravezaron la terraza y se asomaron hacia el parque. Luego se miraron y comenzaron a hacerse señas con la cabeza, ritual que no creo haber presenciado con autorización.

La hembra, creo, se fue primero, arrastrando la panza larga y haciendo un hermoso ruidito agudo con las uñas en el piso de cemento. El macho, mucho menos feo, siguió asomado a la terraza un rato largo, como un viejo de pueblo una tarde de verano, que es exactamente lo que era, y sin nunca verme en la hamaca, también se volvió a la habitación, pero sin ruidito.

Me levanté de la hamaca eufórica y ansiosa, me fumé un cigarrillo aunque hubiera sol porque estaba finalmente entendiendo que ya no estaba hecha de limitaciones horarias, premios y castigos autoimpuestos, ni reglas de tres simple. Se me antojó sacarle fotos a la casa y escribir un cuento, dibujar todas las hojas de todos los árboles que veía desde la terraza, con la esperanza de que ese momento sola en casa se extendiera hasta que todo mi Mazunte estuviera guardado en algún lado, para nadie más que para mí. Y pausar todos los minutos que le quedaban a mi estadía, que en ese instante reconocí como finita.

Pero pronto llegaron todos, antes de que supiera como llevar a cabo mi plan, apagué la luz y cerré la puerta de ese lugar donde estoy sola y creo. Edgard empezó a dibujar en mi cuaderno mientras en la mesa nos repartíamos en 3 o 4 idiomas. Creo que todos hablábamos de mosquitos, cigarrillos o agua, menos Edgard que dibujaba peces con dientes y barcos para mí. Creo que Carlos no estaba. Carlos podía no estar nunca y sin embargo ser omnipresente. Era lo que nos había unido y nos mantenía así. También éramos concientes de que sería para siempre nuestro pasado común y nuestro anecdotario perpetuo. .

Y en eso me olvidé de todo: del plan, del cuento, de la sinfonía de la selva, de las caminatas nocturnas, del ritual de las iguanas. Me aterró la idea de saberme en la mitad de algo, ya que desde la mitad la distancia hasta el final se vuelve visible y contable. Quise aferrarme a amuletos, rituales y souvenires, deseé que los piquetes de mosquitos no se me borren nunca de la piel ni me dejen de picar, que Mazunte me cure de la fobia a los sapos, que el calor sea igual de intenso, la humedad igual de densa, las tormentas igual de mágicas, la subida hacia la casa cada noche igual de aterradora. Deseé perpetuar todo lo único e irrepetible que tenía Mazunte. ¿Con qué fin? ¿Que la repetición lo salve del olvido?

Conjuré a Mazunte mucho antes de empezar a viajar, antes de saber que se llamaba Mazunte, ni dónde quedaba, ni con quién estaría, ni cómo, ni por qué. Ahora lo tenía en mí, lo iba a desperdiciar describiéndolo, enumerándolo, encarcelándolo en lineas pretenciosas y sensibleras que mostrar como en un museo?

Después de ese día no volví a escribir en Mazunte, ni leer, ni escuchar música, ni tocar la guitarra ni cantar. Ya no tuve sueños ni hice planes, perdí la cuenta de los días, los cigarrillos, la plata. Así que ya no hay historia, Mazunte se terminó y su contenido se perdió para siempre. Este es el primer y desesperado intento fallido que hago por recuperarlo. Y me pasaré la vida viendo las fotos, contando las historias, enfrentándome a sapos y noches húmedas y dibujando playas por tratar de recuperarlo. Pero no habra caso, porque Mazunte quizás nunca haya existido.

Dancing

Con Pauli en lo de Tia Porfiria

Dreamcatcher que construyó Carlos

Mi hermano Edgard

Atardecer desde la terraza de las iguanas

La terraza

Punta cometa

Lauren y yo

Alonso, eu, Diego y Seco

A blaze

This is where we hang out

Una amiga

Museo de la tortuga

Museo de la tortuga
La ventanilla

Ventanilla

Ventanilla

Ventanilla


On the road

On the road


1 comentario:

  1. El fin de su existencia era vivir poéticamente y en la vida había sabido encontrar, con un sentido muy agudo, lo que hay de interesante y describir sus sensaciones lo mismo que si se tratara de una obra de imaginación poética. S. Kierkegaard

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