Los roadtrips forman parte de mi vida desde que tengo uso de razón, largos y familieros, asiento trasero sobrevendido donde los tres, y después cuatro, hermanos teníamos que negociar (a las piñas) hasta el más mínimo espacio. A Chile, a la Patagonia en carpa con abuelos y todo, a Brasil, a la costa en caravana de 3 familias, a Córdoba. Y ahora desde el asiento del copiloto! Para mí, crecer es eso: haber sido promovida a responsable del catering, el mapa y la música! Y ya, siendo el tercero con este team, me relajé en mi puesto y disfruté del ride.
Arrancamos rumbo norte a la chulísima ciudad de Guanajuato, donde los túneles de la vieja mina se convirtieron en una red de calles subterraneas tan pintoresca y grande como la ciudad de la superficie, donde es obviamente fácil perderse unos 40 minutos buscando una salida. Arriba, balcones y maceteros coloniales, veredas angostísimas y escalinatas desde donde pispear abajo los túneles. Nos encontramos una callecita peatonal en subida con una plazoletita central donde se instalan, al rededor de una fuente, las mesitas de hierro con sombrilla de los restaurantes y bares. Me suena de alguna película española o francesa que vi hace poco. Nos tomamos unas cheladas de Indio, botaneamos con guacamole y totopos, y nos dimos una super panzada con un molcajete de la casa: arrachera, pollo, chorizo, queso panela, cebollas y chiles. Mi paladar ya adaptadísimo al picor mexicano. Había que quedarse en Guanajuato no menos de una semana, caminar los túneles, sacarle mil fotos a esa montaña enigmática casi uritorquesca que tiene encima, pasarse las tardes en sus plazoletitas, consumir su arte que se veía nutritivo... Pero somos los correcaminos y nos gusta irnos siempre con hambre de más.
Dato no menor: en Guanajuato me reencontré con un producto que el año pasado se ganó un lugar muy importante en mi corazón y nada menos que el premio al mejor fruto que comí en mi vida, y es el aguacate criollo, una palta del tamaño de un higo, tienrísima, que se come con piel y todo, lo que le da un picorcito especial que va genial con la cremosidad de la pulpa. Nos llevamos media docena para el camino y le logré contagiar el amor a Steven.
El proximo destino era Manzanillo, por fin la playa. Ibamos recomendados por Greg, que había estado ahi hace unos 6 años. No estamos seguros de si antes era otra cosa o si le gustó así como lo entontramos: grande, careta, lleno de resorts y mega torres, restaurantes turísticos sin alma... Por suerte nos encontramos un hotel que se ve que en los 50 fue una maravilla pero ahora estaba vacío, literalmente, y un poco venido abajo, casi daba miedo. Balconeaba al mar, nos trajimos un sixpack de Indio, unos limones y unos sobres de sal robados del minimercado de turno y nos hicimos unas cheladas express escuchando el estallido de las olas 15 metros abajo nuestro. Madrugamos para ver una capita fina de niebla sobre el mar y escapar temprano buscando una playa llamada Maruata.
Venia siguiendo el mapa con el dedito y Maruata no llegaba nunca. Ya cansados de ver el mar a la derecha tan fresquito, paramos en la primera que apareció cuando ya eran muchas las ganas de darnos un chapuzón. Y oh casualidad! que era una playa en la que esa misma noche había empezado la temporada de desove. Nos miramos no pudiendo creer nuestra suerte y salimos con todo nuestro arsenal de cámaras, ya el chapuzón se nos había olvidado. De a 20 se veían en el horizonte, nadando de ida o de vuelta, trepando la playa, enterrándose en la arena a los zarpazos o refrescándose después en la lagunita que se formaba a unos 50 metros de la costa. Ahi en la misma playa donde han nacido y donde las tortugas que salgan de esos huevos que estaban poniendo, y que logren sobrevivir la carrera hasta el mar, algún día regresaran a poner sus propios huevos, aunque cada vez en menor número. Un grupo de gente de la zona se estaba organizando para asistirlas en esta temporada, no porque necesiten asistencia para hacer algo tan natural e instintivo para ellas, sino sobre todo para evitar el robo de huevos por parte de aves y humanos, y hacer lo posible para que sobrevivan el mayor número posible de tortuguitas nuevas.
Cuando se me acabó el rollo y nos dimos cuenta de que las futuras madres no estaban tan felices como nosotros de que estemos ahí mirando todo este proceso tan increíble, nos acordamos de que teníamos hambre y aguacates. Hicimos un almuerzo ahí mismo y seguimos viaje, a buscar la mítica Maruata. Después de todo, teníamos un chapuzón pendiente.
Una hora más tarde la encontramos, y ahi perdonamos a Greg el desatino de Manzanillo. Maruata era el tipo de playa que estábamos buscando. Mientras nadie más que los locales retozaban en hamacas en sus palapas desiertas, nos bañamos un rato largo, con la prudencia que siempre le tenemos al Pacífico, mientras unos nenes de no más que 5 o 7 años se tiraban de cabeza desde las piedras sin ningún problema. Le alquilamos la ducha a una señora por $10 para sacarnos la sal, y seguimos viaje, refrescados, a Zihuatanejo.
Había escuchado Zihuatanejo en boca de Tim Robins, en la película Shawshank Redemption. Su personaje terminaba sus días en este pueblo pesquero cuando alcanzaba su libertad. Es probable que después de terminar de lijar el botecito en el que está trabajando en la escena final de la peli, haya puesto una inmobiliaria y haya vendido la costa a cadenas de hoteles y restaurantes, clubes de golf y colegas de Hollywood, porque ahora es una enorme ciudad costera a lo Mardel. Decidimos buscarle el encanto y lo encontramos en un molcajete de mariscos acompañado de cheladas de Indio, nuestro clásico, y una pensioncita familiera con un hermoso jardín interno y un más lindo precio de temporada baja.
Al otro día salimos medio sin rumbo: queríamos pasar la noche en Puerto Escondido pero sabíamos que era demasiado trayecto para hacer en un solo día, así que a ver qué encontamos para dormir en el camino. En una estación de servicio donde nos estafaron con el precio de la nafta, nos recomendaron un paraje llamado Playa Ventura y al encontrarla les perdonamos los $150 extras que tuvimos que pagar de combustible. Una calle larga larga, a la izquierda el mar, a la derecha una laguna llena de pájaros. Atardecía hermoso. al rato se empezaron a prender las luces, no porque oscureciera ya, sino porque acababa de volver la energía eléctrica después de unos días. Así que esa noche las cheladas estuvieron tibias, pero no menos agradables, en la terracita de un ranchito que nos rentaron para dormir.
Antes de llegar a Puerto teníamos pendiente. de nuestro previo paso por la costa oeste, las Lagunas de Chacahua, y al tomar el camino entre la ruta y el embarcadero nos alegramos de no haberlo intentado hacer en bus aquella vez. Cuarenta y cinco minutos de barro y literalmente rios sobre un camino de difícil relieve y nula señalización, llegamos a un embarcadero y 5 minutos después estabamos en uno de los lugares más paradisíacos que conocí (de acuerdo con mi idea de paraíso, no?). Tal como me pasó en Atacama, no tenía medios para registrarlo (una sola foto en le rollo y no bateria en la digital!), así que me dediqué a absorberlo y vivirlo todo, a mirarlo, sentirlo. Chacahua es una isla, Parque Nacional, una hora antes de Puerto Escondido, con una playa ancha, unas palapas modestísimas, unos manglares llenos de aves, gente muy linda, caras felices y relajadas, pescado secando al sol, pies descalzos, mosquitos, gallinas y perros, hippies, surfers, viajeros, romanticos, ecologistas, gringos, yoguis y soñadores, obvservadores de fauna y fanáticos de los camarones. Disfrutable porque quién no sueña con ir a una playa casi desierta donde poder hacer nada más que caminar, dormir, meterse al mar, tirarse en una hamaca, charlar hasta tarde en la noche tomando una cerveza todavía en malla y ojotas? Fin.
Antes de llegar a Puerto teníamos pendiente. de nuestro previo paso por la costa oeste, las Lagunas de Chacahua, y al tomar el camino entre la ruta y el embarcadero nos alegramos de no haberlo intentado hacer en bus aquella vez. Cuarenta y cinco minutos de barro y literalmente rios sobre un camino de difícil relieve y nula señalización, llegamos a un embarcadero y 5 minutos después estabamos en uno de los lugares más paradisíacos que conocí (de acuerdo con mi idea de paraíso, no?). Tal como me pasó en Atacama, no tenía medios para registrarlo (una sola foto en le rollo y no bateria en la digital!), así que me dediqué a absorberlo y vivirlo todo, a mirarlo, sentirlo. Chacahua es una isla, Parque Nacional, una hora antes de Puerto Escondido, con una playa ancha, unas palapas modestísimas, unos manglares llenos de aves, gente muy linda, caras felices y relajadas, pescado secando al sol, pies descalzos, mosquitos, gallinas y perros, hippies, surfers, viajeros, romanticos, ecologistas, gringos, yoguis y soñadores, obvservadores de fauna y fanáticos de los camarones. Disfrutable porque quién no sueña con ir a una playa casi desierta donde poder hacer nada más que caminar, dormir, meterse al mar, tirarse en una hamaca, charlar hasta tarde en la noche tomando una cerveza todavía en malla y ojotas? Fin.
Al día siguiente completamos el camino hasta Puerto y estuvimos un rato largo siendo brutalmente maltratados por las olas de Carrizalillo, LA playa de Oaxaca. Steven se alquiló una tabla y se estuvo castigando una hora más. La lluvia nos corrió y decidimos conocer Huatulco. Otro hot spot explotadísimo de cinco estrellas con playa privada, y otra vez nos consolamos a puro marísco y chela. A la mañana preguntamos en el centro cual es la playa más desierta y nos mandaron a la playa de los Conejos. Lo que tenía de desierta lo tenía además de hermosa y de llena de mosquitos. Y bue, todo no se puede. Salimos escapando, salados y llenos de arena pero felices y satisfechos, y nos propusimos hacer beach hoppin' todo el dia hasta Mazunte.
En el camino paramos en Playa Arrocito, Puerto Angel, Zipolite y San Agustinillo. Para cuando llegamos a Mazunte con el atardecer no teníamos efectivo ni ganas de manejar una hora más hasta un cajero. Así que hubo que elegir entre cenar o tomar cerveza, y adivinen qué elegimos. En Siddharta, un bar sobre la playa donde el año pasado baile muchísimo, pasaron The Rocky Horror Picture Show. Entre la insolación, las chelas y el volumen, terminé con un dolor de cabeza que no me dejó dormir. No quería terminar la gira con ese malestar.
Por suerte en el camino de vuelta encontramos un pueblo hecho para mí: San José del Pacífico. El lugar perfecto para curarse de todo, respirar, mirar el paisaje, hablar de todo el viaje, comer bien, recuperar energías y cerrar las vacaciones con uno de los mejores días de mi vida. Creo que San José es mágico porque te susurra al oído algo que ya sabías. En mi caso, que soy feliz y que amo todo lo que forma parte de mi vida.
En un maratónico día de regreso al DF, pasamos por Oaxaca para quedarnos con las ganas de ver más de su arte tan particular de Catrinas, muerte, animales fantásticos, naturaleza y tradición. Nos tomamos un café en Puebla y seguimos viaje. Llegamos pasada la medianoche, y coronamos con unos increibles tacos al pastor y agua de jamaica en Los Parados. Llegar a casa también está bueno.
Y esas fueron mis vacaciones este año, entre tanto viaje, no tanto trabajo y mucha vida nueva. En el próximo capítulo: el retorno al hemisferio sur.
Y esas fueron mis vacaciones este año, entre tanto viaje, no tanto trabajo y mucha vida nueva. En el próximo capítulo: el retorno al hemisferio sur.
Guanajuato dusk
Manzanillo dawn
Temporada de desove en Oaxaca











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